| Artículos | 01 FEB 2001

Overclocking

Tags: Histórico
Los riesgos de exprimir el PC
Ramón A. Fernández.
De un tiempo a esta parte, está adquiriendo un gran protagonismo una actividad relacionada con los ordenadores personales que se difunde y expande de forma explosiva: el overclocking. No hay publicación dedicada a la informática que deje de abordar esporádicamente en alguna de sus páginas este tema y existe una gran cantidad de sitios en Internet, relacionados con el PC, que mantienen una sección fija dedicada a un gran número de practicantes que día a día va en aumento. Por si se encuentra ante un ordenador que haya pasado por las manos de un usuario que, en su afán por mejorar prestaciones, haya acabado con el funcionamiento de su PC, le ofrecemos algunas claves a tener en cuenta, porque la mejor forma de evitar los conflictos es conocerlos a fondo.

Decididamente, en el mundo del ordenador personal, el overclocking puede empezar a considerarse todo un fenómeno a pesar de los letreros de aviso que cuelgan en la mayoría de las secciones dedicadas a este tema: "Cuidado, el overclocking puede dañar los componentes de su equipo o inutilizarlo de forma permanente". Pero esta actividad, a pesar de sus intrínsecos "riegos", se propaga y sus repercusiones comienzan a superar el ámbito particular de practicantes solitarios para expandirse a otros entornos. No obstante, y ante cualquier iniciativa a seguir, precaución es la palabra clave de toda divulgación relacionada con esta actividad destacándose siempre que el responsable de los daños que se puedan producir de esta actividad, es el usuario final. Asimismo, los fabricantes, hoy por hoy, mantienen la postura de que estas prácticas anulan los acuerdos de garantía y ante la manipulación física y la rotura de precintos su respuesta es tajantemente y clara.
Lógicamente, es de esperar que todo overclocker experimentado tenga en cuenta de antemano estas cuestiones y sea consciente de sus implicaciones. Sin embargo, también se dan situaciones en las que algún aspirante a overclocker, con prácticas irresponsables y técnicamente mal conducidas, daña irreversiblemente su equipo, efectuando a continuación la reclamación correspondiente. Su actuación ya no solamente repercute sobre su propiedad, sino que la traslada a los fabricantes y distribuidores que se encuentran con la dificultad de llegar a determinar la verdadera existencia de estas prácticas, ya que fuera de los salvajes forzados en los que se produce una evidente "carbonización" de algún componente, en general, el overclocking deja pocas pistas. En algunos casos, ciertos chips mal refrigerados, perderán su color mate y adquirirán el brillo de los metales sobrecalentados siendo esta una de las pocas huellas detectables a simple vista.
Sin embargo, también puede verse accidentalmente involucrado en este singular mundo cualquier usuario final que ni siquiera sepa de qué va este complejo tema. Puede darse el caso que, sin desearlo, este confiado usuario adquiere un equipo que desde sus orígenes se encuentra forzado. Si el ordenador está destinado a ser una herramienta de trabajo, involuntariamente está corriendo un gran riesgo. El desconocimiento de las condiciones en las que su equipo trabaja, unido a la inestabilidad que suele acompañar al overclocking, a la larga puede traducirse en graves daños para sus datos. Para jugadores o navegantes de Internet, las consecuencias serán menores que para los usuarios que utilizan el ordenador de forma profesional, pero todos, seguramente, han tenido que abonar un sobreprecio por un equipo de gama inferior.
En cuanto a la realización de este tipo de prácticas, el overclocker, tendrá que sopesar sus preferencias y asumir los riesgos valorando si tiene sentido superar ciertos límites, sobre todo cuando deba enfrentarse a dos cuestiones cruciales: la integridad de sus datos y los costos que por daños en su equipo pueden producirse. La conclusión debe ser claramente negativa para aquellos profesionales que utilizan el ordenador como herramienta de trabajo y también para los responsables que administran sistemas con datos cruciales. Los propietarios de equipos en garantía o los que disponen de limitados recursos económicos, no deben olvidarse de que pueden encontrarse en algún momento sin equipo.
Con todas estas consideraciones previas, es difícil encontrar situaciones que justifiquen o que se consideren propicias para la práctica del overclocking. Básicamente, se reducen a dos, y la primera aparenta ser ideal ya que anula todos los argumentos en su contra: el practicante no tiene problemas económicos y de forma consciente y responsable asume todos los posibles daños. La segunda opción es recurrir a un ordenador que se considere obsoleto, desposeído de datos cruciales y dedicado preferentemente al juego o a la navegación por Internet. Presenta un perfil adecuado para convertirse en una fuente de experiencias y sabiduría informática, y su agradecido propietario habrá encontrado una forma muy digna de retrasar la jubilación del ordenador.
Pero si hasta el momento, todos los riesgos y los argumentos enunciados en contra de la realización de esta práctica cada vez más habitual no han sido factores y razones de peso suficientes capaces de disuadir a miles de propietarios de continuar aplicando otra vuelta de tuerca a su equipo, será que existe algo especial de singular atractivo que hace que esta actividad, goce día a día de una mayor aceptación.

Qué es y por qué se puede hacer
Básicamente, el overclocking consiste en un conjunto de actuaciones que se realizan sobre alguno o varios de los componentes del ordenador, para forzarlos a trabajar a velocidades superiores a las que de principio han sido establecidas por el fabricante, y cuya finalidad básica es obtener un mayor rendimiento del equipo. Tradicionalmente, los componentes sometidos a estas actuaciones han sido la unidad central de proceso (CPU) y el bus del sistema (FSB), pero desde su popularización, también las tarjetas gráficas 3D se han convertido en objetivos susceptibles de manipulación, esperando mejorar su productividad.
Para que el overclocking, tal como se practica hoy en día, sea posible, ha sido necesario que previamente se produjeran unos avances técnicos y que estos pudieran asociarse a ciertas peculiaridades que se dan en el proceso de fabricación de los chips. Uno de los avances principales proviene de la aparición de los circuitos de reloj con velocidad variable y configurable. Estos vienen a sustituir a los relojes de cristal de velocidad fija utilizados en las primeras generaciones de ordenadores personales. Estos circuitos van a facilitar que las nuevas placas alcancen cierto grado de flexibilidad permitiendo que piezas de distintas generaciones puedan funcionar integradas en ellas. Su utilidad se manifiesta cuando, concretamente, se piensa en los procesadores y se observa la velocidad con la que aparecen en el mercado. Es fácil de imaginar el esfuerzo que habría que realizar si hubiera que diseñar una placa especifica para cada uno de los microprocesadores que irrumpe en el mercado. Los circuitos de reloj configurables ahora asumen el cometido de ser los agentes externos que gobiernan la velocidad del procesador y la del bus del sistema. Gracias a esto, la incorporación de un nuevo procesador más veloz ya no constituye un problema, bastará con ajustar ciertos parámetros para que la placa base esté preparada para admitir y, consecuentemente, obtener el mejor funcionamiento. No obstante, también trae consigo otra secuela:
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